Miércoles, octubre 28, 2026
Cronicas Urbanas Por Periodico El Andino 9 min lectura

Roma y el misterio de los pasaportes desaparecidos – Capítulo ll / Por Bi Higuera

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Roma y el misterio de los pasaportes desaparecidos – Capítulo ll / Por Bi Higuera


Roma y el misterio de los pasaportes desaparecidos – Capítulo ll / Por Bi Higuera

Salimos del famoso hotel y, bajo la luz del día, el lugar ya no parecía tan aterrador como en la noche. Aunque el barrio se veía antiguo, decidimos aventurarnos a explorarlo: buscamos restaurantes, lugares emblemáticos… pero nada se acercaba a nuestras expectativas.

Intentamos también conseguir un nuevo hotel, aunque sin éxito. Finalmente, nos resignamos a quedarnos donde estábamos y a tratar de disfrutar de la ciudad.

Soñábamos con una deliciosa crema de tomate, una pasta italiana humeante y una lasaña que nos ponía la boca agua. Sin embargo, los sabores que encontramos distaban mucho de nuestra imaginación; y ni qué decir del servicio en los restaurantes, era un trato que no quiero ni recordar.

Al final, decidimos que era mejor comprar sándwich y papas en el supermercado para pasar el día. Esto nos aseguraba comer mejor.

Cada vez nos desilusionábamos más y más de Roma.

Continuamos nuestro recorrido por la ciudad, los lugares que queríamos conocer, hasta que llegamos a la Fontana de Trevi: Una fuente hermosa, llena de detalles, con casi 50 metros de frente y que se ha convertido en el lugar para lanzar monedas al agua para atraer la buena suerte. Como teníamos nuestro libro guía para todos los lugares que visitábamos, nos dimos cuenta de una leyenda que decía que quien lanzara una moneda por encima de su hombro a la fuente, volvería a Roma algún día.

Nos reímos a carcajadas de la situación.

–         ¡pues yo no quiero volver por aquí nunca!

–         ¡yo menos! y seguíamos riéndonos.

Así que tomé una moneda de mi bolsillo, le di la espalda a la fuente y lancé la moneda sobre mi hombro deseando en voz alta:

–         ¡Que jamás vuelva a Roma!\»

De pronto, dos italianos se nos acercaron amigablemente y, para nuestra sorpresa uno de ellos hablaba español.

–         ¿Cómo qué no quieres volver a Roma? ¿Por qué?  preguntó uno de ellos asombrado.

–         Ufff por fin alguien que habla español aquí. Le respondí.

Se presentaron como Antonio y Andrea (si, Andrea es un nombre masculino en Italia). Antonio de inmediato nos contó que había tenido una novia colombiana, y por eso dominaba el idioma. Así que les contamos todos los detalles de por qué no queríamos regresar a esta antigua ciudad y al escuchar todas las historias nos ofrecieron su ayuda.

–         La zona turística no es la auténtica Roma. Dijo Antonio.

–         Los verdaderos sabores solo los conocemos los locales. 

Así que nos dieron varias recomendaciones, entre ellas un restaurante al que ellos mismos se dirigían esa noche y que quedaba cerca de donde estábamos.

No nos pregunten por qué, sin desconfianza, decidimos unirnos para ir al lugar.

Caminamos unas cuantas cuadras y ya acercándonos empezamos a sentir el aroma que sentíamos en nuestra imaginación. Era como si el delicioso aroma nos estuviera guiando y simplemente nosotras lo seguíamos sin importar nada más.

Este instinto nos llevó hasta una pequeña puerta de madera blanca tallada, que nos transportaba a un lugar pequeño, acogedor, bien decorado, de piso y paredes en piedra, con velas en las mesas y una luz cálida que hacía que quisieras quedarte allí por siempre. Esto ya era un buen augurio.

El frio afuera era intenso, pero aquí dentro, todo era perfecto.

Nuestras caras cambiaron de inmediato. Después de varios días de comer sándwich, papitas de paquete y gaseosa; esto era como estar en el cielo.

Un mesero nos recibió amablemente, con su acento italiano pero esta vez formal. Gondi y yo nos miramos diciéndonos con los gestos: ¿esto es real? Estábamos conociendo la otra cara de Roma.

El menú sonaba increíble, así que nos fuimos con las recomendaciones que nos dieron nuestros nuevos salvadores.

El resultado: unos platos inolvidables con tomates jugosos, sabores intensos, la mezcla perfecta de ingredientes, aromas que te ponen a viajar, texturas que intentas reconocer con tu boca, y una frescura en todo que hacía que el tiempo se detuviera en ese instante mientras todos tus sentidos estaban concentrados en disfrutar ese preciso momento. No había nada más importante para nosotras, que descubrir cada ingrediente.

Era como de película, justo como lo habíamos soñado y en cada bocado que llevaba a mi boca solo podía cerrar los ojos, saborearlo y mi única expresión era – ¡hmmmmm la mejor pasta que he comido en mi vida!

Antonio fue como un ángel que se cruzó en nuestro camino y aunque ya era el final de nuestro viaje; esta fue una gran despedida. Así que también lo bauticé: (léase con acento italiiiiano) Antonio Ángelo.

Regresamos al hotel antes de que anocheciera, pues sabíamos que no era el mejor lugar para andar solas en la noche.

De regreso, Farú Ángelo, el encargado del hotel (nuestro ángel del primer capítulo), nos tocó la puerta de la habitación para invitarnos a una cena de despedida en la terraza. Nos había visto pasar por tanto y nos había ayudado tanto que nos volvimos cercanos en tan solo 4 días.

Ya estábamos empacando maletas y alistando todo, pero como esta era nuestra última noche, decidimos aceptar; así que salimos de la habitación y tomamos el antiguo ascensor.

De pronto recordé que habíamos dejando los pasaportes visibles y sentí un impulso de regresar.

Sin decir nada, me devolví rápidamente, los guardé en un escondite de la habitación que, en ese momento, ingenuamente creí seguro y volví a la terraza, donde nos esperaba un delicioso café caliente y unos croissants, ideales para el clima invernal.

Mientras conversábamos, Gondi, mi compañera de viaje, me dijo que iba al baño. Me quedé hablando con Farú Ángelo, de nuevo entre inglés, italiano, hindi y señas, pero entre toda esa mezcla, nos lográbamos comunicar.

De nuevo mis pensamientos e impulsos volvieron. Recordé las palabras de mi prima en Barcelona:

–         JAMÁS suelten el pasaporte en Italia.

Esa frase resonaba una y otra vez en mi cabeza.

Cuando Gondi regresó del baño, decidí regresar a la habitación por los pasaportes, sin decir nada para no levantar sospecha y ya inquieta por la idea de que esto fuera una distracción para robarnos.

La paranoia me había alcanzado.

Abrí la antigua puerta de la habitación y me encontré con una escena de película de terror: la ropa en el suelo, la cama revuelta, las maletas y cajones abiertos, todo en completo desorden, como si alguien hubiera entrado buscando algo.

No podía ni modular. Seguía con mi mirada toda esta escena y sentía que pasaba en cámara lenta mientras mi corazón latía a millón por segundo.

Mis piernas empezaron a temblar. Sabía que todo lo que había sospechado tenía sentido.

Me apresuré a revisar el escondite de los pasaportes y este estaba vacío. Cerraba y volvía a abrir esperando que por arte de magia aparecieran los pasaportes, pero la realidad era que nos los habían robado.

Sentí que el mundo se derrumbaba. Todo en mí temblaba, me tapé la boca para contener el grito, mientras la temperatura de mi cuerpo subía sin control.

–         claro, esto fue una entretención de Farú para robarnos los pasaportes. Quien lo ve con esa cara amable y timidez, pero todo es solo una fachada.  Pensaba e imaginaba desesperadamente que estábamos envueltas en una red de trata de blancas.

Corrí de vuelta a la terraza, tratando de pensar qué hacer para librarnos de todo, estaba pálida y las únicas letras que salían de mi boca eran con voz temblorosa.

Gondi me vio y reconoció mi cara de pánico mientras yo intentaba comportarme normal para que Farú no notara mi angustia.

De inmediato Gondi me preguntó qué sucedía. Lo único que pude decir en susurro fue:

–         ¡Los pasaportes! ¡Nos robaron los pasaportes!

Estaba a punto de romper en llanto, pero por tratar de disimular y que Farú no se diera cuenta que ya sabíamos de su plan; me contenía. Aunque en realidad todo era muy evidente.

Gondi me tomó de los brazos y me dijo:

–         Tranquila, respira. Los pasaportes los tengo yo. No podía dejar de pensar en las advertencias de tu prima y bajé a buscarlos cuando dije que iba al baño.  Cuando llegué a la habitación y no los vi donde los habíamos dejado, pensé que nos los habían robado así que empecé a buscarlos desesperada en todos lados, hasta que los encontré escondidos.

No sabía si reír o llorar o agarrar a golpes a Gondi por no advertirme o abrazarla por tener los pasaportes consigo. Tenía la adrenalina a tope y yo seguía paralizada.

Ambas éramos protagonistas en nuestras propias películas donde además éramos el único elenco, porque jamás nos contamos lo que estábamos haciendo o pensando cada una. Tal vez por evitar ponernos más presión de la que ya teníamos en todo el viaje, o por no parecer paranoicas; lo que nos llevó a la verdadera paranoia.

–         Ya está servido. Apareció Farú Ángelo con su cara amable y su dulzura característica, que no era ninguna fachada; invitándonos a pasar a la mesa que había preparado él mismo para nosotras, en la terraza, con vista a Roma y cómo un detalle de despedida.

Después de ese susto y una linda velada, nos fuimos a descansar. Al día siguiente, por fin tomamos el vuelo de regreso a la amada Barcelona dónde todo volvió a ser un cuento de hadas, lleno de felicidad.

Algunas veces, las aventuras y las improvisaciones son los mejores planes, pero siempre hay una excepción a la regla. En nuestro caso Roma.

Este viaje fue una lección inolvidable de la importancia de la comunicación… y de nunca perder de vista el pasaporte.

Lección aprendida para el resto de la vida… ¿y mi deseo de la fuente? sigue cumpliéndose voluntariamente hasta la fecha.

FIN.

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@Bihigueraviajer