Miércoles, octubre 28, 2026
Reportajes Graficos Por Periodico El Andino 4 min lectura

¿Qué harías si te sueñas que vas a morir?

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¿Qué harías si te sueñas que vas a morir?


¿Qué harías si te sueñas que vas a morir?

Imagina esto: te despiertas de un sueño que sientes más real que la vida misma, y estás convencido de que es un anuncio de lo que está por venir. Así comenzó mi aventura hacia el Cañón del Chicamocha, en Santander, Colombia, donde iba a hacer por primera vez el vuelo en parapente.

La emoción estaba por las nubes, pero la noche anterior, todo cambió.

Recibí visita en mi casa así que opté por dormir en el sofá-cama. Esa noche, tuve un sueño lúcido, en el que mi gato Indie se subió sobre mí y, sorprendentemente, ¡me habló! -Bibi, es hora de partir-, me dijo, y un escalofrío me recorrió.

-¿Cómo es posible que esté hablando?-, me preguntaba mientras él insistía en que tenía un mensaje para mí.

Me levanté en el sueño y fui a despertar a mi hermana que estaba en el cuarto, diciéndole que había llegado mi momento y que iba a morir, así que les dijera a mis padres que no sufrieran porque yo había sido siempre feliz.

–        No estén tristes, mejor celebren la vida que vivimos juntos. – le dije.

En ese instante, una luz brillante apareció por la ventana. Seguía consiente, así que sabía que yo vivía en un tercer piso y por eso, temía caer.

Una voz me susurró: -Confía-. Así que lo hice y, atravesando una cuadrícula que apareció sobre el vidrio de la ventana, empecé a caer lentamente, como una hoja balanceándose con el viento cuando se desprende de la rama… caí, pero para mi sorpresa no fue donde esperaba.

Desperté en una caverna roja, húmeda y misteriosa. Grité: -¡Hola, hay alguien aquí!-, pero solo el eco respondió. Miré a mi alrededor y vi miles de memorias sd (de cámaras digitales) enterradas, no entendía dónde estaba ni qué era todo eso.

De repente, un hombre corpulento se acercó y me guió: – Mira bien, estás dentro de ti misma y esas tarjetas enterradas son todas tus memorias –

Fue un instante revelador. Toda mi vida estaba allí, guardada.

Continuamos hasta una pequeña laguna en la caverna. Me sumergí y empecé a deslizarme por las profundidades. El guía desapareció.

Crucé por un espacio estrecho hasta salir al otro lado de la laguna. Allí me encontré con un hombre de túnicas blancas y cabello largo que me esperaba. Parecía Jesús. Hablamos por un largo rato, y de repente, me desperté.

Cuando abrí los ojos, me di cuenta de que estaba en el mismo lugar que había visto en el sueño. Incluso Indie estaba encima del sofá cama. Le hablé un poco asustada, esperando que me respondiera, pero solo me miró a los ojos.

Empecé a caminar por el lugar para confrontar los detalles que había visto en el sueño.  Todo era igual: mi hermana en el lado de la cama, los muebles en la misma posición. Era como un Déjà Vu, y me quedé asombrada.

Traté de encontrar pistas que me confirmaran que el sueño no era real, pero todo estaba igual a como lo había visto en el sueño.

En ese momento concluí que moriría ese día en el vuelo de parapente.

No dije nada a nadie y salimos rumbo al Cañón del Chicamocha. Mientras conducía, reflexionaba sobre los mensajes, sobre las memorias, sobre los personajes que nunca había visto antes. Pero en lugar de miedo, sentía una calma profunda.

Al llegar al Cañón y mientras preparaban los equipos, nos explicaron que debíamos correr hacia el vacío y saltar para volar.

En ese momento, mi corazón se aceleró. Decidí contarle a mi hermana sobre mi sueño, resumiéndolo rápidamente, pero con tranquilidad.

-Si muero hoy, recuerden que fui muy feliz-, le dije. Luego, me equiparon y, cuando escuché -¡corre!-, salí corriendo con todas mis fuerzas y mirando al frente, segura de lo que estaba haciendo.

El vacío me recibió, pero no caí: ¡volé!

Era una sensación indescriptible. El viento me abrazaba mientras flotaba sobre los árboles. Extendí mis brazos y piernas mientras gritaba de emoción.

Era lo más cercano a ser un ave que abre sus alas por primera vez y siente el viento fresco colándose entre sus plumas. Sentía que estaba en el lugar donde siempre había querido estar.

Aterrizar fue pura adrenalina y, aunque no puedo imaginar lo que mi hermana sintió al verme saltar, esa experiencia me recordó que vivir la vida plenamente vale la pena.

A veces, los saltos al vacío pueden asustar, pero son necesarios para descubrir lo que realmente somos.

La vida es una aventura, y cada día es una oportunidad para saltar y confiar. Así que te pregunto: ¿tú qué harías?

Bi Higuera Viajera