Martes, octubre 27, 2026
Editorial y opinion Por Periodico El Andino 10 min lectura

Henry Gutiérrez Ángel: Un Gobernador de origen humilde

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Henry Gutiérrez Ángel: Un Gobernador de origen humilde

Por José Miguel Alzate / Es el tercero de seis hermanos. Aunque nació en Marsella cuando este municipio era parte del departamento de Caldas, en su cédula de ciudadanía aparece como si hubiera nacido en Santa Rosa de Cabal. Todo porque a los cinco días de nacido la familia se trasladó a vivir a este municipio. Lo supo porque un día, en su época de estudiante, le dio por preguntarle a su mamá por qué en la Fe de bautismo él aparecía como nacido en Marsella. Entonces ella, que era buena para aclararle sus dudas, una mañana, mientras le servía el desayuno, le contó la historia. Se fueron a vivir a Santa Rosa porque a su papá le ofrecieron manejar una finca en una vereda llamada Santa Bárbara. “Montamos los corotos en un Jeep Willyz y arrancamos sin pensar en cómo nos iba a ir”, le dijo después de darle el beso que siempre le daba antes de salir para la escuela.

Creció en el seno de una familia humilde. Tanto, que en los diciembres los regalos eran juguetes sencillos como un carrito de plástico, una dulzaina o una bomba para inflar. Si quería jugar con algo costoso, debía pedirle al hijo de una familia acomodada que vivía enseguida de su casa cuando llegaron a vivir al casco urbano de Santa Rosa, que se lo prestara.  A ese amigo el Niño Dios le traía juguetes caros, que él no podía tener, como un triciclo, un carro de cuerda o un balón de fútbol. Eran tantas las carencias, que recuerda con cariño el día en que hizo la Primera Comunión. Vivian todavía en la vereda Santa Bárbara. Como el papá no tenía con qué comprarle el vestido, una tía que lo quería mucho se lo regaló. Como era muy rezandera, debió aprenderse de memoria, durante tres días que duró la preparación, todas las oraciones que ella le enseñó.     

No estaba en los planes de Henry Gutiérrez Ángel, cuando en 1982 obtuvo su grado de médico en la Universidad de Caldas, convertirse en gobernador. En ese tiempo, la política le atraía poco. Solo pensaba en servirle a la comunidad cumpliendo con el juramento hipocrático. Sin embargo, una visita inesperada a su consultorio le cambió el rumbo a su vida. Una tarde, mientras atendía en La Enea a una paciente, se le apareció, requiriendo sus servicios profesionales, Mauricio Lizcano. Para ese tiempo, no lo conocía personalmente. Sorprendido, le preguntó: “Buenas tardes, doctor Lizcano. ¿En qué le puedo servir?”. Entonces el líder político le dijo que un familiar se lo había recomendado para una consulta médica. Así que lo atendió. Pero lo que nunca se imaginó fue que de esa visita surgiera la idea de servirle a la comunidad desde el Concejo de Manizales.

Sucedió así: Mauricio Lizcano sintió la necesidad de recurrir a un médico. Preocupado porque un malestar lo aquejaba, le dijo a Diego Arango, su tío, que trabajaba en la clínica de Villa Pilar, que le recomendara un galeno de confianza. Sin pensarlo dos veces, le recomendó que visitara a Henry Gutiérrez Ángel. “Tiene su consultorio en La Enea. Allí la gente lo quiere. Él lo puede ver”, le dijo. Fue tan elogioso con él, que lo convenció. Y fue hasta allá. ¿Y qué vio? A un profesional muy competente, estricto, cercano a la gente. En ese espacio de tiempo que estuvo en su consultorio descubrió que era apreciado por la comunidad. Fue en ese momento cuando le dijo: “Usted porque no se lanza a la actividad política. Veo que la gente lo aprecia y, lo más importante, lo acata”. Fue ahí cuando le propuso que se lanzara a la Cámara de Representantes.

Recién graduado como médico, este profesional que alimenta su espíritu con la lectura de buenos libros, que tiene a sus tres hijos, Andrés, Sergio y Felipe, todos médicos, trabajando en España, asumió la responsabilidad de realizar el año rural en el corregimiento de Arboleda, al oriente de Caldas. Llegó allí, después de un largo viaje, sin pensar que esa primera noche, en la fuente de soda Amorama, conocería a la mujer que le robaría el corazón, Estela Salazar Granada, a quien convirtió en su esposa después de tres años de noviazgo. Él tenía entonces veinticinco años, y ella quince. Fue flechazo a primera vista. No se pudo contener cuando la vio sentada en una mesa del fondo, y la invitó a bailar. Sin embargo, pensó en la diferencia de edad. Y creyó que no llegaría a nada con ella. Pero ocurrió lo contrario. Cuando se regresó a Manizales empezó a viajar cada ocho días solo para verla.

Sus cinco hermanos son también profesionales: tres médicos, un veterinario y una bacterióloga. Estudiaron con dificultades económicas. Con unos ahorritos que hizo trabajando en la finca, don Macario, que así se llamaba su padre, compró un Willys 1954 para, trabajándolo, darles educación a los hijos. “Ese carro mantenía más en el taller que en la calle”, dice cuando el cronista le pregunta si alguna vez le ayudó a su papá en el manejo del vehículo. En este sentido, afirma que, cuando era niño, le tocó trabajar para tener en el bolsillo con qué comprarse algo en la escuela. Entonces cuenta que, cuando vivieron en El Cairo (Valle), recogía aguamasa con uno de sus hermanos. Recorrían el pueblo llevando una guadua en los hombros, y tocaban en los portones para pedirla. Como tenía una noviecita en ese pueblo, le daba pena tocar en la casa de ella. Le tocaba hacerlo a su hermano.

A Henry Gutiérrez Ángel le gusta jugar billar. Es su mejor entretención, con la lectura y el ajedrez. Durante los muchos años que tuvo su consultorio en La Enea, antes de dedicarse a la política, acostumbraba ir a un salón de billares llamado El taco Campeón, cerca al Parque de Las Piedras, a jugarse un chico con los amigos. Le gusta tanto ese sitio que, como gobernador, ha ido varias veces a reencontrarse con ellos. Confiesa que hace apenas una semana se apareció allá, sin escolta, en su carro particular, porque quería coger un taco para hacer carambolas. Al preguntarle cómo lo reciben, responde. “con alegría, en camaradería, y hasta diciendo palabras de grueso calibre”. La Enea es para Henry Gutiérrez Ángel el espacio geográfico de Manizales que le ha dado lo que tiene. Su Centro Médico es un referente en ese sector de la ciudad. 

Atendiendo la propuesta que le hizo Mauricio Lizcano, se lanzó como candidato a la Asamblea del departamento. Fue una sorpresa electoral: obtuvo quince mil votos. Al terminar ese periodo le propusieron que se lanzara para la Cámara de Representantes, pero no aceptó. Argumentó que no tenía los recursos para la campaña. Decidió entonces repetir como diputado: sacó más de veinte mil votos. Después de esta experiencia, pensó que le gustaría ser elegido alcalde de Manizales. Entonces se lanzó al Concejo. Quería, desde allí, conocer cómo se manejaba el municipio. Pero al final resultó convirtiéndose en candidato a la gobernación de Caldas. La votación por su nombre superó los doscientos mil sufragios. Reconoce que ese respaldo a su nombre obedece a su forma de ser sencilla, cercano a la gente, preocupado por la comunidad.

Es un hombre sensible. Se conmueve con el llanto de un niño, con el dolor de quien no tiene con qué comprar un medicamento, con la tristeza de una anciana que implora la caridad pública. Esa sensibilidad lo ha llevado a llorar. Le pasó en la campaña que lo llevó a la gobernación. Fue así: entraba a una manifestación en el Parque Ernesto Gutiérrez. Un señor en silla de ruedas, al verlo pasar, lo llamó: “Doctor: Estoy aquí porque quiero votar por usted. Tengo una razón para hacerlo”. Cuando él le preguntó qué razón, el hijo que impulsaba la silla de ruedas le dijo: “El es mi papá. Me pidió que lo trajera porque quería verlo. Usted le salvó la vida”. “¿Cómo?”, le preguntó, asombrado. El señor de la silla le contestó. “Sí, doctor. Usted me dio respiración boca a boca, durante veinte minutos, en la clínica del Seguro Social. Eso me lo dijeron los hijos”. En la tarima, al recordar este hecho, lloró.

Cuando llega a los pueblos la gente se le acerca, lo saluda de mano, y a las mujeres las saluda de beso. Es su manera de ser. Cualidad que suma a su romanticismo. Lo expresa en la forma cómo enamoró hace más de cuarenta años a su esposa, en Arboleda. Le dedicaba baladas románticas, le llevaba serenatas, le mandaba flores y le declamaba poemas. Cuando se iban a casar, el párroco se opuso porque le dijo que el matrimonio lo iba a bendecir otro sacerdote. Entonces decidió casarse en Medellin, en boda religiosa bendecida por el padre Reinaldo Arboleda. Cuando, los fines de semana, iba a visitarla, el viaje demoraba más de ocho horas. Salía de la clínica Manizales, en su Renault 4, el sábado por la tarde. Iba hasta La Dorada, y de allí, en chiva, a las cuatro de la mañana, salía para Puente Linda; luego pasaba a Puerto Venus. “De ahí a Arboleda, demoraba una hora a caballo”, dice con nostalgia por esos momentos vividos.     

Henry Gutiérrez Ángel es un lector apasionado, de esos que cuando coge un libro que lo convence, no lo suelta hasta llegar a la última página. Cuando le pregunto cómo se despertó su pasión por la lectura, me dice que gracias a un profesor que tuvo en el Colegio Francisco José de Caldas. Se llamaba Benjamín Duque. En el bachillerato, en clase de español, los ponía a leer a los autores clásicos. Así leyó a Dostoweski, a Rulfo, a Tolstoi y a Kafka. Le cogió tanto amor a la lectura, que se hizo amigo de Orlando Sierra Hernández, que estudiaba en el mismo colegio e iba un año adelante. Con él hablaba de literatura. Dice que lo han marcado libros como Cien años de soledad de García Márquez, Pedro Páramo de Juan Rulfo, Inés del alma mía de Isabel Allende y la metamorfosis de Juan Kafka. Tiene tan buena memoria, que recuerda los nombres de los personajes de estos libros. 

Este médico de baja estatura, de anteojos y barba bien cuidada, que tuvo como compañero de estudio en la Universidad de Caldas al escritor caldense Gustavo López Ramírez y que habla con propiedad de Gabriel García Márquez porque ha leído todos sus libros, para poder estudiar medicina debió trabajar como profesor nocturno en el Colegio Nuestra Señora. Cuando se vino a vivir a Manizales, quiso estudiar matemáticas. Como en ninguna universidad había esta carrera y su papá no tenía forma de costearle los estudios en Medellin, aprovechando que el hermano veterinario, que era profesor de la Universidad de Caldas, le ofreció ayudarlo con la manutención, se matriculó en medicina. No lo hizo con mucha convicción. Sin embargo, al terminar el primer semestre ya estaba seguro de que esa carrera era la que le gustaba. Lo mismo le pasó con la política: poco le atraía, pero terminó convencido de que era una actividad que le permitía servirle a la gente.