El aroma de la paz
Las constantes manifestaciones de violencia que ha vivido Colombia nos han hecho olvidar el aroma de la paz. No sabemos a qué sabe o a qué huele. Desde hace muchos años, su aroma se nos ha hecho esquivo. Quizá porque estamos acostumbrados a tanta violencia, se nos olvidó su sabor, su color, su esencia. Hemos aprendido a convivir con el ruido de las ametralladoras cuando se disparan cegando vidas, con el olor de la pólvora cuando estalla dejando personas lisiadas, con el grito desesperado que brota de lo más profundo del alma cuando un cuchillo es enterrado en el cuerpo de un ser humano. No nos ha quedado tiempo para disfrutar el aroma de la paz.
¿A qué sabe la paz? Hace algunos años, en un colegio bogotano, una estudiante de quinto de bachillerato le hizo esta pregunta al novelista Fernando Soto Aparicio. ¿Qué le contestó el escritor? Que la paz tiene sabor. En una columna que publicó en El Tiempo el 14 de septiembre de 1986, Soto Aparicio esbozó su pensamiento sobre la paz. Dijo que la paz tenía aroma y sabor. “Es un sabor a trigo, a leche y miel, a rosas, a durazno”, escribió. En esa nota llena de belleza literaria el autor de “La Rebelión de las ratas” señaló que antes, en el campo, cuando la paz reinaba, “las reuniones no eran para planear la matanza de los contrarios sino para festejar el milagro de las cosechas”.
Sí, la paz tiene sabor. Y tiene aroma, Y tiene color. El color es blanco, como el de las palomas que, cuando emprenden el vuelo, llevan en el pico un mensaje de convivencia. Tiene sabor, como las manzanas, que al morderlas nos llenan la boca de un dulce exquisito. Y tiene aroma, como el café que, recién molido, llena con su olor las estancias. La paz sabe a coco fresco, a mandarina verde, a naranja madura. Cuando existe paz los caminos son alegres, transitables en la oscuridad, sin que en un recodo se esconda el asesino en espera de su víctima. Con paz, el campo está lleno de vida, sobre los árboles los pájaros cantan y en las sementeras florecen las frutas.
Los colombianos tenemos que recuperar el aroma de la paz. Para poder caminar por las calles sin temor a que en una esquina nos amenacen con el filo de un cuchillo. Para poder realizar convites no para enterrar a los muertos, sino para robarle a la vida su alegría. Para que no volvamos a “improvisar calvarios al pie de las barrancas”. Para que el campo vuelva a ser ese sitio de encuentro donde todo se festeja con música. Para que no suenen las campanas invitando a los entierros de los seres que encontraron la muerte en una emboscada. Para que recorramos los caminos de la patria sin miedos agazapados en el alma. Para que no haya cicatrices en la sonrisa de los niños.
Cuando reina la paz, al caminante no le sale al paso un guerrillero con un fusil colgado del hombro, sino un campesino con un tiple entre las manos. Cuando reina la paz, los niños pueden salir en las noches a contar estrellas mientras la luna los observa entretenida. Cuando reina la paz, nos podemos tender sobre el pasto, de cara al infinito, sin miedo a que nos roben los sueños. Porque tener paz es poder escuchar el trino de los pájaros, el sonido de las guitarras, el arrullo de las canciones. Paz es tener el corazón abierto para ahuyentar la tristeza, y en los diciembres cantar en coro villancicos, y poder expresar las ideas “sin que una mano armada nos imponga el silencio por castigo”.
Los colombianos anhelamos una paz con aroma, con sabor, con olor. O como la canta Jorge Robledo Ortiz: “La paz serena que la tortura del pensar mitiga, la que enseña el perdón para la ortiga y la hermandad para la angustia ajena”. Una paz donde el campesino pueda cultivar su tierra sin temor a ser despojado de ella, donde el industrial incremente la producción para generar más empleo, donde el secuestro deje de ser una amenaza para el forjador de riqueza, donde en vez de balaceras se escuchen serenatas, donde la gente sin terminar de llorar a un muerto no tenga que empezar a llorar otro. Una paz edificada sobre el dolor acumulado, que conduzca a detener el desangre que sufre Colombia.
Por José Miguel Alzate